miércoles, 27 de agosto de 2008

Minimalismo gastronómico

Trabajaba yo en Cuernavaca como vendedor en una empresa que se dedicaba a los créditos personales con intenciones de ahorrar para irme a estudiar a Monterrey… Ganaba el salario mínimo como base y el resto del sueldo se componía por comisiones que debido a mi pésimo seguimiento a los clientes y baja iniciativa para buscar prospectos, generalmente oscilaba entre raquítico y nulo.

A pesar de eso, el trabajo era sumamente enriquecedor aunque no precisamente porque consistiera en calcular capacidades de pago, sellar volantes que apilaría en meticulosos montones de cien, sacar copias de recibos de nómina o vivir los tediosos minutos de seguimiento telefónico… No. La riqueza de aquel empleo manaba de las interminables pláticas que sostenía con mi jefe Ernesto que se prolongaban por horas pese a que el simple hecho de estar juntos, implicaba que no estaba cumpliendo con el plan de trabajo diario que él tenía que supervisar.

Tal vez cuatro de los cinco días de la semana laboral comíamos juntos y aunque él tenía un mejor sueldo por ser el gerente de ventas, cumplir con sus compromisos y responsabilidades le dejaban un estrecho margen de maniobra económica que se equiparaba al mío… Dicho coloquialmente: “Estaba tan fregado como yo”.

Nuestras comidas cada día hacían mayor gala de austeridad y minimalismo. Fui pasando gradualmente del sofisticado sushi con pepino y surimi que aprendí a preparar, envasado en un TupperWare, hasta el simple arroz con salsa de soya y vinagre de arroz, pasando por tortitas de papa que comía sin guarniciones. Todo esto porque conforme el tiempo de migrar a Monterrey se iba acercando, en misma medida iba ampliando el margen de ahorro, lo que reducía más y más el presupuesto para cada desayuno, cada comida y cada cena.

El clímax de nuestro precario modelo de alimentación fue alcanzado durante algunos días en los que entramos a una panadería a comprar cuatro bolillos, luego a otra tienda a comprar ocho rebanadas de mortadela y en los días menos crudos, también dos refrescos de los más económicos. Tras hacer esas compras nos íbamos a sentar a las jardineras de la presidencia municipal de Temixco donde con nuestras llaves cortábamos cada bolillo por la mitad para rellenarlo con dos rebanadas de mortadela, con lo que concluía la preparación del bocadillo.

Pese a las miradas de los transeúntes que nos miraban comer en la calle, Ernesto y yo devorábamos siempre nuestra comida con singular alegría... Incluso hoy lleno de orgullo puedo decir que jamás nos atragantamos por la falta de bebidas en los días en los que no hubo para pagar una… Eso hubiera sido cosa de principiantes o vivencias de recién llegados a las tierras de las vacas flacas… Nosotros ya éramos viejos habitantes de aquellas desoladas pero pintorescas tierras.

- el güey de junto -

1 comentario:

Cheryl dijo...

Algo que me agrada de tus historias es que en la mayorìa de ellas procuras ver el lado bueno de lo que cuentas.

Muchas veces no importa lo raquitico de la comida que estés degustando siempre y cuando la compañía sea de lo mejor. Y amistades como la que tenías con tu ex jefe son invaluables.

Saluditos!!