lunes, 6 de octubre de 2008

Primera vez ( 3 )

Continua de aquí...

… Me imaginaba saliendo a escondidas del lugar antes de que él me viera, pero era tarde. Me miró con gesto adusto y me hizo señas para que me acercara a él…

“Ahorita regreso” dije a mis compañeros de farra mientras me levantaba de mi silla. Caminé con dirección a la mesa donde se encontraba mi actual maestro de historia de la preparatoria tomándose unas cubas con otros tres tipos… Me acerqué hasta llegar a un par de metros de él, quien a su vez, con ojos entrecerrados y un gesto que no le conocía, me hizo señas para que me acercara más. Señas que repitió Incluso cuando estaba a metro y medio y después a un metro de él. Fue cuando ya estábamos a una distancia un poco incómoda y yo inclinado hacia él cuando pude percibir el fuerte vapor etílico que se filtraba entre sus dientes mientras me dijo: “Tú no me viste aquí”… A lo que yo respondí asintiendo con la cabeza. Entonces él me puso la mano en la espalda y en una actitud propia de un borracho necio y con tintes de déjà vu me repitió: “Tú no me viste aquí… Si sueltas la sopa, cjjjj” dijo, acompañando la onomatopeya con un movimiento de su dedo índice que se deslizó de costado atravesando su cuello de lado a lado. –No se preocupe, yo no vi nada. –Y me levanté viendo cómo mi ilustre maestro que siempre se dio baños de pureza ahora apenas podía articular palabras y pese a que ya me empezaba a retirar seguía diciendo “Tú no me viste aquí”, sólo que ya no lo podía escuchar… Sólo le leía los labios.

Regresé a la mesa después de hacer escala en el baño e instantes después llegó la chica de rosa que se sentó entre Alberto y yo. Iniciaron una charla en la cual el Guillermo y yo participábamos muy esporádicamente, pues por alguna razón no se me ocurría nada interesante qué decir y Guillermo ya estaba demasiado tomado como para poder articular palabras a la velocidad a la que Alberto y nuestra acompañante lo hacían. Hablaron de la clase de cosas que generalmente se hablan con una chica de variedad, pues empezaron desde el “Yo lo hago para dar un mejor futuro a mis hijos” hasta el “Estoy ahorrando para poner una papelería”, sólo que a diferencia de lo que ocurría en muchas otras mesas, Alberto no le propuso matrimonio ni le ofreció sacarla de trabajar. Él era un viejo lobo de mar, ella lo sabía y se limitaron a disfrutar de los tragos y esporádicas caricias en las piernas.

Cuando llegó la hora de irnos y sugerí a Alberto que alguien menos alcoholizado debía manejar de regreso, tras lo cual de inmediato Guillermo se aferró a la idea de que podía manejar en cualquier estado y aludió a haberlo hecho muchísimas veces. Balbuceando Guillermo dijo: –Alberto, ¿Cómo me pides que les suelte el carro cuando precisamente me dijiste hace un par de horas que mujeres, autos y caballos no se prestan? –Resignados más por la necedad que por el argumento de película de Vicente Fernández, decidimos correr el riesgo… Alberto medio ebrio y yo completamente sobrio subimos al carro y tras ver mi cara de preocupación, Alberto me trató de tranquilizar: -No te preocupes, es tu primera vez, así que no te puede pasar nada… La suerte de principiante es my poderosa… -Y yo, pese a la carencia de fundamentos en sus palabras, decidí aceptar el hecho como cierto, aún en contra de mi lógica. Sin embargo no me tranquilicé del todo.

Tomamos carretera hacia Mixquiahuala y algo inusual sucedió. Un espeso banco de neblina redujo notablemente la visibilidad, lo que sumado al estado de Guillermo, le hacía rectificar la dirección del carro con más frecuencia que antes, como si esquivara obstáculos. La neblina nos devolvía la luz de color blanco amarillento de los faros del pequeño escarabajo hasta que empecé a distinguir destellos de luz roja y naranja que cada vez se hacían más presentes…

-¡Frena! ¡Hay algo enfrente! –Alcancé a decir con voz de alarma. Guillermo a diferencia del Capitán del Titanic, sí pudo frenar y desviarse oportunamente de la trayectoria de colisión. Al frenar a fondo y después de un sonoro rechinido nos detuvimos ante un volumen que rápidamente tomó forma de caja de trailer. Guillermo ahora con más susto que sueño, reanudó la marcha y rodeó la mole que estaba detenida con la cabina parcialmente fuera del acotamiento y cuyas luces intermitentes parecían hacer encandecer la neblina. El resto del trayecto lo hizo más despacio, con los ojos más abiertos y en silencio.

Después de dirigir a Guillermo sobre cómo llegar a mi casa, nos detuvimos sin apagar el motor. Alberto se bajo del carro para reclinar el respaldo de su asiento y dejarme bajar y después de un apretón de manos nos despedimos, entre a la casa y me fui a dormir.

-No, yo creo que me estás cuentiando. –No, es en serio güey –Le dije a Miguel Ángel. –Chale, pinche niño, ya te imagino ahí de calenturiento con la teibolera… No, se me hace que sí es puro cuento… -Oh, que la… -Y así terminó la narración de mi anécdota que fácilmente se podría camuflagear entre el repertorio de experiencias ficticias de cualquier otro exquinceañero, a las cuales de ahí en adelante tendría que darles el beneficio de la duda no importando lo hilarante o increíble de las mismas. Si me pasó a mí, ¿Por qué no habría de pasarle a alguien más?

- el güey de junto -

domingo, 5 de octubre de 2008

Primera vez ( 2 )

Continúa de aquí...

Entonces nos dejaron pasar bajo ese misterioso y casi lujurioso velo de luz roja que por primera vez no vi desde lo lejos. Ahora por primera vez me bañaba de esa luz que vaticinaba nuevas experiencias...

Entramos y me desilusioné un poco por no ver inmediatamente a alguna mujer desnuda y llevando una charola con bebidas como en las películas. Sólo vi parejas en una pista de baile de las cuales sólo unas pocas eran conformadas por una mujer ligeramente atractiva, porque el resto más bien me recordaba a una feria de pueblo donde la señora de las tortillas bailaba con el chofer o a la señora cuarentona que atendía el mostrador de la tienda (y que más bien rayaba en los cincuenta) bailaba con el compadre del vecino.

Atravesamos gran parte del lugar y nos sentamos en una mesa y de inmediato Alberto, el líder de la manada y quien pagaría la cuenta de nuestro consumo, pidió una botella de Whiskey acompañada con varias botellas de agua mineral. Tras recibir y abrir la botella me descubrió volteando hacia todos lados y me preguntó: -¿Es la primera vez que vienes a un putero, verdad? –Sí. –Respondí con cierta reserva, pero sin mostrar pena. –Está bien, para que vayas conociendo… -En ese momento todas las parejas en la pista de baile, sin excepción, pasaron a sentarse a su lugar.

Tras una pintoresca presentación narrada por el encargado de luz y sonido del lugar, salió la chica de la variedad, la cual por comentarios que escuchamos, supimos que era “La especial” de ahí… La “Mera mera” de la Camorra… Afortunadamente era bastante más atractiva que el resto de las mujeres que había visto en el lugar y en medio de un ritual de coquetería, comenzó su baile.

La chica, de estatura regular, cuerpo estético y cabello lacio pintado de rubio claro, tenía un pequeño y entallado vestido de color rosa que frotaba con sus manos levantándolo poco a poco de la parte de abajo y conforme la música continuaba iba haciendo ademanes que delataban que se lo quitaría. Yo para entonces cruzaba la pierna para disimular la tienda de campaña que se alzaba bajo mi pantalón…

Como parte de la variedad, la chica iba interactuando con los clientes, lo cual era facilitado por el hecho de que la pista de baile estaba a nivel del piso. Noté que el tiempo que dedicaba a “seducir” a los presentes era directamente proporcional al consumo que se reflejaba por la cantidad de botellas bebidas o bien, por la calidad de las mismas. También pude notar su habilidad para identificar al individuo clave de cada mesa, pues dedicaba toda su atención al que venía mejor vestido o que daba alguna señal de poder económico…

Seguían pasando las canciones y el vestido terminó de escurrir por sus muslos para dejar ver un diminuto traje de baño de color blanco en dos piezas. Yo estaba muy emocionado por estar viviendo mi primera experiencia en un lugar así y tal vez gran parte de esa emoción venía de la clandestinidad… Del contraste entre mi edad y la del resto de los clientes que visiblemente tenían mucha más primaveras vividas que yo.

Cuando la música dejó de tener aires bailables y empezó a tornarse más y más sensual, la pieza de arriba del traje de baño cayó al suelo entre alaridos y chiflidos… Yo estaba tan concentrado en el espectáculo que pasé por alto lo vulgares de los comentarios y piropos que le gritaban... Veía embelesado cómo la luz ahora violeta de la pista de baile le daba un toque etéreo e inmaculado a la piel de la dama que ahora ya se encontraba dedicando sus encantos a las mesas de las botellas más caras… Tres mesas después, la chica regresó a la pista y después de un par de movimientos coreográficos que la dejaron gentilmente recostada en el duro suelo de azulejo, terminó de desvestirse por completo.

Mi respiración se agitó cuando sentí que se dirigía a nuestra mesa y yo, a pesar de estar viendo fijamente su vello púbico, su pecho y el contraste del entorno oscuro con su piel lechosa, pude percibir cómo sus ojos escudriñaban la mesa. Era interesante ver cómo toda una artista de la seducción, tenía la capacidad de conservar esa mirada seductora y al mismo tiempo tener a su cerebro haciendo apresuradas cuentas para determinar qué tan redituable sería dedicarnos tiempo.

Caminó sigilosamente alrededor de la mesa rozando nuestras espaldas, cabello y orejas con sus uñas… Guillermo sólo la seguía con la mirada, mientras que el Alberto seguía tomando Whiskey con gesto de Don Juan mirando al infinito. Yo en cambio, estaba siguiéndola con la mirada, el pensamiento y con la cabeza al grado de casi torcerme el cuello a pesar de su indiferencia hacia mí.

Cuando la chica estaba a punto de empezar el toqueteo con Alberto que denotaba rápidamente ser el más adinerado, él la detuvo y le dijo mientras me señalaba: -No, conmigo no. Quiero que vayas con mi sobrino. Hoy cumple dieciocho años y lo trajimos aquí para festejarlo… -Entonces súbitamente su indiferencia hacia mí se transformó en un ritual de cortejo: Empezó a caminar alrededor de mi silla acariciando mis hombros, mi cuello y mi cabeza hasta que se detuvo enfrente de mí, se sentó a horcajadas sobre mis piernas viéndome a la cara, tomó mis manos y con ellas empezó a frotar sus piernas, su cadera, su cintura y su pecho mientras me decía. “Hola sobrino, feliz cumpleaños… No seas tímido, no te voy a comer”…

Y entonces todo se nubló…

No precisamente porque me fuera a desmayar, sino porque perdí visibilidad cuando ella pegó su pecho contra mi cara mientras ponía mis manos en su cadera y luego en su trasero mientras me guiaba a acariciarla con movimientos circulares… Yo sólo escuchaba chiflidos, gritos, carcajadas y música, pero no entendía ninguno de aquellos sonidos que estaban mezclados como en una especie de plasta acústica... Incluso no entendía las señales que recibía mi cerebro por medio del tacto, pues no podía concentrarme en la textura que sentían mis manos, en la suavidad y temperatura que percibía mi rostro, en lo que captaba mi olfato…

No se cuánto tiempo pasé inmerso en esa suavidad, oscuridad y bullicio… Pudieron ser veinte segundos o tal vez tres minutos… Lo que sí sé es que cuando se levantó de mis piernas me dejó con la mente en blanco... Como si al despegarse de mí, el aire frío hubiera me hubiera dado una bofetada en el rostro causándome un shock. Cuando recuperé la conciencia, ella estaba saliendo de la pista de baile hacia los vestidores.

Empezamos a platicar los tres en la mesa. Hablamos sobre la vida de las bailarinas, de las sexo-servidoras y demás variantes… Hablamos también sobre a lo que nos dedicábamos cada uno de nosotros y festejamos la coincidencia que descubrimos al saber que Alberto tenía treinta y seis, Guillermo veintiséis y yo dieciséis. De pronto me enteré que Alberto ya había hecho arreglos para que la estrella de la variedad viniera a tomarse unos tragos en nuestra mesa.

En ese momento mientras gozaba de mi experiencia clandestina vi a alguien que me pareció conocido… ¿Acaso era él? ¿Era posible?... ¡Sí, era él!... Parecía que todo estaba por perder su toque de crimen perfecto… Me imaginaba saliendo a escondidas del lugar antes de que él me viera, pero era tarde. Me miró con gesto adusto y me hizo señas para que me acercara a él…

Continuará...

- el güey de junto -

martes, 30 de septiembre de 2008

Primera vez ( 1 )

El primer beso, el primer día de clases, la primera vez que uno se va de pinta, la primera vez que uno come tacos y huye sin pagarlos… Todas esas primeras veces son sucesos que permanecen en nuestra memoria por muchísimos años. Especialmente si son hechos formidables que cambian nuestra vida o nuestra perspectiva… O también si se trata de situaciones con tintes de clandestinidad…

A los dieciséis años, es bastante común alardear sobre todo lo posible y hasta lo imposible. Solemos jactarnos ante nuestros contemporáneos de haber hecho cosas que no sólo no hicimos, sino que sólo sabemos que existen por turbias referencias que muchas de las veces son realidades viejas condimentadas con exageraciones que rayan en la irrealidad e hilaridad… Pero cuando uno tiene la oportunidad de materializar aquellas cosas que cuando se platican no se creen, es cuando uno duda de todo y da por hecho de que si lo que se esá viviendo es real y posible, todo lo que hemos escuchado lo puede ser.

Por esos años, mi amigo Rafael y yo fuimos a un antro de mala muerte en Progreso de Obregón, Hidalgo (creo que se llamaba Calypso) el cual más bien era una bodega con bocinas, luces, mesas y sillas de calidad llanera, cosa que finalmente no nos inhibió para tratar de pasarla bien. Yo iba estrenando mi recién adquirida filosofía de “Cero alcohol”, así que mientras Rafael tomaba cerveza, yo tomaba refresco de toronja a cuentagotas, pues iba con un presupuesto limitado... Para variar.

Sacamos a bailar a un par de señoritas con quienes platicamos un rato hasta que ellas se tuvieron que ir y cuando Rafael y yo buscábamos a otro par de “chicas disponibles”, atravesamos la pista de baile y nos encontramos en una mesa a un conocido suyo y a otro señor que tomaban una botella de tequila. Estuvimos platicando con ellos; con Guillermo, el amigo de Rafael y Alberto, el señor que lo acompañaba. Después nos separamos para buscar a otras candidatas para bailar, platicar o lo que fuera.... Sin embargo, minutos más tarde Rafael recibió una llamada y tras colgar me dijo que iba a pasar por unas amigas. Me pidió que lo esperara para seguir la fiesta.

Me percaté de que los siguientes minutos pasaron casi en estampidaal notar que mi segundo y último trago de la noche amenazaba con terminarse. No tenía dinero para más bebidas y no había alguna otra fémina disponible para sacarla a bailar, ambos síntomas de que mi noche estaba por terminarse. Rafael seguramente no regresaría y yo tendría que regresar caminando a la casa, así que iba de salida cuando me encontré a Guillermo y a Alberto que también iban de salida.

-¿Y el Rafa? ¿Dónde anda? –No pues yo creo que ya no regresa, aunque dijo que ahorita venía. –Le dije a Guillermo. -Oye, vamos a ir a ver pelos, ¿Quieres venir?... –En ese momento, totalmente ajeno a una invitación de ese tipo en mi vida, no pude mas que aceptar… No me importó no traer dinero… Sólo pensaba en que todo eso de lo que un adolescente de mi edad hacía alarde, podría hacerse realidad… Al final de mi trance casi hipnótico, sólo les pedí que al finalizar la vuelta me hicieran favor de llevarme a mi casa.

Salimos del lugar tras el rechinido de un portón blanco rotulado con publicidad de una cerveza para caminar una cuadra hasta donde Guillermo tenía estacionado su auto. Subimos, inició la música y mis dos acompañantes proponían alternativas de lugares… Al final se optó por ir a “La camorra”, en el municipio de Tlahuelilpan que se encontraba a unos treinta minutos de Progreso.

-¿Traes identificación? –Me preguntó Alberto. –No. –Dije con naturalidad, como si esperara que ellos tuvieran qué lidiar con el hecho. -¿Y cuántos años tienes? –Dieciséis. –Híjole, vamos a ver si no nos la hacen de pedo en la entrada.

-Entramos al lugar con tanta naturalidad que ni siquiera me pidieron identificación. Sólo nos dieron la revisión de rigor para descartar que viniéramos armados de algo más que dinero y ganas… Entonces nos dejaron pasar bajo ese misterioso y casi lujurioso velo de luz roja que por primera vez no vi desde lo lejos. Ahora por primera vez me bañaba de esa luz que vaticinaba nuevas experiencias...

Continuará...

- el güey de junto -

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Patriotismo auténtico

Cuando yo iba en cuarto de primaria y mi hermana en tercero de preescolar, estudiábamos en una escuela particular en Guadalajara, Jalisco… Creo que se llamaba Colegio Columbia, el cual como en toda escuela del país, se celebraban las fiestas patrias las cuales se festejaban o representaban de acuerdo al presupuesto económico y a la imaginación disponible.

Ese año el programa consistió en un largo homenaje de una hora con veinte minutos en las cuales tras cantar el himno nacional, presenciamos representaciones teatrales muy sencillas sobre el grito de independencia, sobre un Pípila que se cubría la espalda con un pequeño pizarrón con un ábaco integrado en un costado y un Juan Escutia que se arrojó envuelto en papel crepé desde una vieja banca de madera pintada de azul tras gritar “¡Yuju!”…

Pese a lo improvisado del programa, los niños disfrutábamos con singular alegría el espectáculo y estábamos pendientes de todo; de lo que narraba la maestra de segundo año por el micrófono, de los sombreros de utilería que usaban los niños que actuaban, de los bigotes de peluche que tenía puesto el conserje y hasta de los avisos escritos en el pizarrón afuera de la dirección que tenía escritos avisos para la junta de padres de familia.

Para cuando el programa llegó a su fin, todos seguíamos acomodados por grupos tal cual lo hacíamos durante los honores a la bandera y así como cada lunes, alcanzaba a ver a los mismos niños sacándose los mocos, a los mismos hermanos empujándose y a mi hermana siendo el habitual foco de atención entre los niños de preescolar.

Mientras reflexionaba sobre lo que veía en el homenaje, sobre juguetes, sobre la tarea que no hice y las risas de mis compañeros de junto, la voz de la maestra que sonaba más fuerte de lo normal me sacó de concentración y todavía más el hecho de que la mayoría de los presentes gritaron “¡Viva!”… -Viva Hidalgo… -¡Viva!... -Viva Allende… -¡Viva!... -Viva Doña Josefa Ortiz de Domínguez… -¡Viva!... -Viva Aldama… -¡Viva!... -Viva Morelos… -¡Viva!... -Viva Vicente Guerrero… -¡Viva!... -¡Viva México! -¡Viva!... -¡Viva México! -¡Viva!... -¡Viva México! -¡Viva!...

-Y después de esa serie de gritos llegó la calma… Reinó un silencio que se apoderó del entorno, sólo hasta que mi hermana a todo pulmón y con la característica “sinvergüenza” de una niña de cinco años que no distingue un país de otro, gritó: -¡Viva China! –Y ante el desconcierto de los maestros, todos los demás niños gritamos “¡Viva!”…

Los maestros echaron a reír y mi hermanita tuvo la satisfacción de dar rienda suelta a su recién estrenado instinto que le decía que algo más debía gritarse y que si bien México era un país, China también lo era y merecía su grito.

- el güey de junto -

martes, 9 de septiembre de 2008

Amor de madre

Durante unos años de mi niñez cuando viví en Cuernavaca, era bastante frecuente que viajáramos el fin de semana a la Ciudad de México a quedarnos en casa de mi abuelita. Ahí me entretenía yo con mis primos y mi mamá salía de la rutina.

Ese día en especial, contando yo con tal vez siete años de edad insistí para que me compraran un juguete que consistía en una especie de pelota pegajosa de color azul translúcido que se podía dividir en dos, cual naranja partida. La dichosa pelota se adhería a prácticamente cualquier superficie lisa y era extremadamente entretenido aventarla contra la pared y verla bajar rodando -casi escurriendo- por la pared mientras dejaba un casi imperceptible rastro cristalino.

El fin de semana terminó y acorde a la ya cíclica letanía de domingo por la noche, cargados de maletas, algunos juguetes y mi mamá sosteniendo a mi hermana Lorena que apenas tendría unos tres años, bajamos los cinco pisos desde casa de mi abuelita para llegar a la planta baja y subir a nuestro Vocho naranja.

Cada vez que regresábamos de nuestro viaje de fin de semana, viajábamos casi dos horas en el carro para llegar hasta la planta baja del edificio donde vivíamos y de la misma forma en la que llevábamos las cosas de casa de mi abuelita hacia el Vocho, pero ahora de manera ascendente, subíamos siete pisos para llegar al ochocientos veinte del edificio veintitrés.

En esos momentos los escalones se iban haciendo gigantes. Los pasos pesados y los dedos enrojeciéndose por cargar las maletas, bolsas y mochilas y para rematar, yo con los ojos entrecerrados producto de la somnolencia que nos aquejaba a los niños de mi generación desde las once de la noche. Mi mamá me alentaba a no parar a descansar mientras seguía subiendo con su brazo dormido por ir cargando a Lorena mientras que con el otro brazo sostenía una maleta. Los últimos tres escalones se sentían como si conquistáramos el Everest.

Llegamos a la casa, acomodé mi maleta sin arrugar mi uniforme que mi mamá había planchado desde el viernes antes de salir de viaje y mientras mi mamá daba su típico rondín buscando cucarachas o alacranes, yo con ánimos renovados por la novedad, me puse a jugar con mi pelota pegajosa. La hice bajar rodando por los muebles, por el costado del librero, por la pared texturizada de yeso y para rematar, decidí aventarla fuerte contra el techo esperando que se pegara y poco a poco se fuera despegando para caer nuevamente en mi mano.

Lo desfavorable del asunto es que la dichosa pelota no cayó… Al menos no completa, ya que sólo la mitad se desprendió de su contraparte para caer sobre mi mano exponiendo su cara lisa… Esa cara lisa que me recordaba que había otra cara lisa de otra mitad pendiendo del techo.

Hice un drama pasional. Le expliqué de varias maneras a mi mamá lo vacía que sería mi vida si no tenía mi pelota completa, así que ella conmovida cual madre abnegada, tomó una silla, un paraguas y al subirse sobre la silla y extender su brazo sosteniendo el paraguas se dio cuenta de que para nuestra desgracia, por vivir en planta alta en un departamento con losa inclinada, la bola aún era inalcanzable por encontrarse en una de las zonas con más altura del techo…

Fue entonces que tomó un banco de plástico y lo puso sobre la silla. Me aleccionó sobre cómo detener el banco y con porte tembloroso llegó a la cima del banco sobre la silla. Cuando recuperó la confianza, lentamente se paró de puntas y extendió su brazo para alcanzar el pegoste con la punta del paraguas, pero en ese momento las patas del banco se abrieron y la osada estructura salvadora de pelotas pegajosas se colapsó…

Vi en cámara lenta cómo mi madre rasguñaba con la punta del paraguas la losa, descarapelando un poco del yeso. Fue perdiendo la vertical en sentido contrario al banco que también caía para finalmente rematar con un lastimero quejido al momento en el que su pierna y luego su costilla se embarraron literalmente en el respaldo de la silla. Cuando todo llegó a una momentánea quietud, sin dejar de mirar fijamente y con espanto a mi mamá, rompió el silencio con una especie de llanto mezclado con reproches que recuerdo vagamente… Algo sobre “¡Porqué no me detuviste!” y yo para justificar mi parálisis, me llevé las manos a la cabeza diciéndole que en su caída me había pegado con el paraguas en la cabeza… Cosa que no había sido verdad, pero que ayudó a que me dejara de regañar y me abrazara, como si hubiera una relación solidaria entre una madre y un hijo aquejados por el mismo dolor.

Para mi fortuna, durante la aparatosa caída de mi mamá, alcanzó a despegar aquella gelatina azul del techo devolviéndome mi alegría… Alegría que tuve que disimular mientras me sobaba un golpe inexistente en la cabeza y mi mamá se reincorporaba antes de salir de mi cuarto e ir a dormir…

Llegar cansada de un viaje el domingo en la noche, cargando maletas, hijos y encima ponerte a rescatar los estúpidos juguetes de tu hijo es hacer alarde de amor de madre.

¡Gracias!

- el güey de junto -

viernes, 5 de septiembre de 2008

Metrosexual

Salí de la regadera cerca de las siete con cincuenta de la mañana, escurrí el exceso de agua que tenía en el cuerpo y enseguida tomé mi toalla azul marino. Me sequé, salí del baño y entré a la recámara donde estaba mi esposa todavía recostada pero despierta, ya que se disponía a meterse a bañar.

Me miré al espejo y agradecí tener el cabello tan corto… Al grado en que no tenía ni siquiera qué peinarlo. Mientras me miraba al espejo, Aída me dijo con cierto tono acusativo: -Yo creo que tú eres metrosexual. –Yo un poco extrañado pero sin dejarme de mirar en el espejo le pregunté: -¿Tú crees? –Y fue cuando Aída soltó una carcajada para después decir: -¿¡Cómo crees!? Estoy jugando… ¡Si muy apenas te bañas!

-A pesar de la puñalada proferida a mi autoestima, no pude evitar sonreír festejando el sarcástico humor negro que he fomentado en mi adorada esposa.

- el güey de junto -

jueves, 4 de septiembre de 2008

Se me quitó la sed

Hace precisamente un par de días, justo después de terminarme mi yogurt para beber, mi media dona con glaseado sabor a maple y mi galleta de avena con pasitas, continué trabajando sobre mis pendientes.

Mis compañeros Juan Pablo y Lupita me ofrecieron traerme algo de la tienda, sin embargo les dije que no me apetecía nada, les di las gracias y me quedé trabajando.

A los diez minutos, llegaron con refrescos, una cara de complicidad cada uno y con una docena de tamales de carne de los cuales me ofrecieron para almorzar. -Bueno, nada más uno, porque acabo de desayunar. -Dije mientras los dos se sentaban compartiendo mi escritorio. Tomé un tamal, lo deshojé y me lo empecé a comer.

Cuando me estaba terminando el tamal, Lupita fue hacia su escritorio para contestar una llamada telefónica. En ese momento sintiendo un poco de sed, estiré el brazo para alcanzar mi botella de agua la cual estaba llena en una tercera parte, tal cual la había dejado el día anterior, pues tengo la costumbre de rellenar mi botella de agua en el despachador de agua fresca que tenemos en la oficina.

Le di un trago y bajé la botella. En ese momento Juan Pablo con gesto de asombro y con un tono de voz como el de alguien que no puede creer lo que está viendo me preguntó: -¿Te estás tomando esa agua? –A lo que yo, con gesto despreocupado aunque con cierta extrañeza le respondí: -Sí, ¿Por qué? –Y al decir eso, volteé a ver la botella de agua para descubrir una cucaracha gigante como de panadería nadando con singular alegría dentro de mi botella de agua…

Juan Pablo pasó del asombro y de la incredulidad hasta la risa en una forma escandalosa. Cuando llegó Lupita y le contamos lo sucedido tampoco lo podía creer… Yo todavía no lo podía creer… En ese momento le marqué a mi esposa a su celular, no por dudar sobre si las cucarachas estaban dentro de mi dieta, sino para preguntarle si debía comprar algún tipo de medicamento, purgante, laxante, vomitivo o pastillas de insecticida… -No, no hagas nada… Ya qué… A ver si no te da diarrea.

-Y heme ahí. Sentado, frente a la computadora con sensación de cosquillas en la garganta… Con la idea de que pude haber bebido un par de decenas de huevos de cucaracha que bien podrían ahora estar incubando en mis amígdalas… A ver cómo me va en los siguientes días. Sólo les comparto que por el día de hoy, se me quitó la sed.

- el güey de junto -

martes, 2 de septiembre de 2008

Desde chiquito

A los cinco años entré a tercero de kinder en una escuela particular de Cuernavaca. Ahí las jornadas eran divertidas, el material didáctico muy entretenido y los juegos del patio bastante llamativos. Sin embargo, lo mejor de tercero de kinder fue que ahí descubrí a mi segundo amor… La Miss Betty.

La Miss Betty es una mujer alta, esbelta, de cabellera rubia y abundante y con unos hermosos ojos claros. Nadie como ella para repartirnos equitativamente la plastilina, para apilar los palitos de paleta en montoncitos virtualmente idénticos y para motivar a dibujar sin salirnos de los contornos del dibujo. Es la clase de maestra que hace que las más tediosas planas de palitos y bolitas, de gusanos y de casas de campaña sean una fiesta por el simple hecho de saber que serán revisadas por ella.

Un día como otros, Miss Betty nos explicó en qué consistiría la tarea de ese día y nos dio una hoja tamaño carta de papel revolución para llevarla a cabo sobre ella.

Al día siguiente entregué mi tarea flamante y puntual. Las figuras recortadas cuidadosamente estaban pegadas sobre la hoja con tal meticulosidad que bien pudiera haber sido confundida con la tarea de la más ñoña niña de tercero de primaria. Yo me sentí muy orgulloso.

Pasaron los días y los juegos. Mañanas de hacer montañas rusas de plastilina o catapultas con palitos de paleta. Momentos de jugar con los cubos de madera y tantos otros construyendo alebrijes con las coloridas piezas de plástico que embonaban unas con otras…

El día en que la Miss Betty nos haría entrega de trabajos y tareas pasadas, recibí mi impecable tarea de recortes que había hecho junto con una gran anotación hecha por la maestra, la cual aunque yo no entendía, sí sentía que tenía rasgos que delataban una buena nota, un halago o una felicitación... Llegando a la casa mi mamá sacó la hoja y soltó una carcajada al leer el comentario que la maestra había puesto en mi tarea y que decía: “Juan Carlos: Te pedí que recortaras frutas y verduras… No esto…”.

El comentario de la maestra estaba escrito sobre la hoja, justo debajo de los recortes de Verónica Castro en traje de baño, de las hermosas rubias que modelaban lencería y alguna que otra imagen sensual recortada de las revistas de “Vanidades” de mi mamá. -¿Ya ves? Desde chiquito eres así… -Me dice ahora mi mamá cuando recordamos la anécdota.

- el güey de junto -

miércoles, 27 de agosto de 2008

Minimalismo gastronómico

Trabajaba yo en Cuernavaca como vendedor en una empresa que se dedicaba a los créditos personales con intenciones de ahorrar para irme a estudiar a Monterrey… Ganaba el salario mínimo como base y el resto del sueldo se componía por comisiones que debido a mi pésimo seguimiento a los clientes y baja iniciativa para buscar prospectos, generalmente oscilaba entre raquítico y nulo.

A pesar de eso, el trabajo era sumamente enriquecedor aunque no precisamente porque consistiera en calcular capacidades de pago, sellar volantes que apilaría en meticulosos montones de cien, sacar copias de recibos de nómina o vivir los tediosos minutos de seguimiento telefónico… No. La riqueza de aquel empleo manaba de las interminables pláticas que sostenía con mi jefe Ernesto que se prolongaban por horas pese a que el simple hecho de estar juntos, implicaba que no estaba cumpliendo con el plan de trabajo diario que él tenía que supervisar.

Tal vez cuatro de los cinco días de la semana laboral comíamos juntos y aunque él tenía un mejor sueldo por ser el gerente de ventas, cumplir con sus compromisos y responsabilidades le dejaban un estrecho margen de maniobra económica que se equiparaba al mío… Dicho coloquialmente: “Estaba tan fregado como yo”.

Nuestras comidas cada día hacían mayor gala de austeridad y minimalismo. Fui pasando gradualmente del sofisticado sushi con pepino y surimi que aprendí a preparar, envasado en un TupperWare, hasta el simple arroz con salsa de soya y vinagre de arroz, pasando por tortitas de papa que comía sin guarniciones. Todo esto porque conforme el tiempo de migrar a Monterrey se iba acercando, en misma medida iba ampliando el margen de ahorro, lo que reducía más y más el presupuesto para cada desayuno, cada comida y cada cena.

El clímax de nuestro precario modelo de alimentación fue alcanzado durante algunos días en los que entramos a una panadería a comprar cuatro bolillos, luego a otra tienda a comprar ocho rebanadas de mortadela y en los días menos crudos, también dos refrescos de los más económicos. Tras hacer esas compras nos íbamos a sentar a las jardineras de la presidencia municipal de Temixco donde con nuestras llaves cortábamos cada bolillo por la mitad para rellenarlo con dos rebanadas de mortadela, con lo que concluía la preparación del bocadillo.

Pese a las miradas de los transeúntes que nos miraban comer en la calle, Ernesto y yo devorábamos siempre nuestra comida con singular alegría... Incluso hoy lleno de orgullo puedo decir que jamás nos atragantamos por la falta de bebidas en los días en los que no hubo para pagar una… Eso hubiera sido cosa de principiantes o vivencias de recién llegados a las tierras de las vacas flacas… Nosotros ya éramos viejos habitantes de aquellas desoladas pero pintorescas tierras.

- el güey de junto -

martes, 19 de agosto de 2008

Licuadote nutritivo

Aquellos domingos de niñez en los que uno se encontraba motivado por el crecimiento, el desarrollo, la buena alimentación y a falta de Danoninos, era relativamente fácil que nuestros padres nos convencieran de tomar cuanto menjurje prometiera ayudar con nuestro desarrollo, con tal de crecer grandes y fuertes.

El favorito de mis papás, era el licuado de plátano con avena cuyo ingrediente secreto era… (Música de suspenso) ¡Un huevo crudo!... El cual después de agregar un poco de azúcar, un chorrito de vainilla y suficiente canela, era prácticamente imperceptible.

Viví muchos años con aquél ícono de proteínas y buena nutrición en un gran pedestal. Incluso me sentía orgulloso de que mis padres me hubieran preparado esos licuados con huevo sin los cuales seguramente el día de hoy estaría más chaparro, más enclenque, más loco y probablemente hasta más deforme del jorobado de Notre Dame.

Años más tarde me casé con Aída, que entre sus curiosidades tiene una licenciatura en nutrición. Me ha enseñado que los camarones tienen igual o más colesterol que unos chicharrones de puerco, que la papa se considera cereal y no verdura y que (¡Háganme el favor!) ¡El aguacate es una fruta!... Así como otros mitos, realidades y demás datos interesantes que me hacen ver que Aída y el brócoli se hablan de tú, y que las calabazas y el pescado a la plancha se llevan de a piquete de ombligo con ella.

Entre las pláticas rubricadas con “Y mis papás, cuando yo era chiquito…”, descubrimos que ambos tomábamos esos ostentosos licuados con huevo crudo, sólo que mientras yo se lo platicaba con orgullo, ella lo hacía con cara de fuchi… Cosa que me extrañaba, pues dentro de todo, ella mejor que nadie por ser nutrióloga, debería admitir que aunque no le gustaban, constituyeron una poderosa fuente de proteína básica para nuestro desarrollo… O al menos eso pensaba…

-¿Sabías que el huevo y la carne cruda no te sirven de nada? –Dijo Aída, lo cual en principio no entendí… Ante mi desconcierto, ella afirmó: –¡En serio! Sin cocinarse, los huevos y la carne no te sirven como fuente de proteína… -Y después de explicármelo con términos científicos, bioquímicos, bromatológicos, musicales y un par de actuaciones acompañadas de curiosas onomatopeyas, me hizo entender que todos esos licuados habían sido innecesariamente espesos… Por decir lo menos…

Todavía recuerdo a mi mamá que orgullosa se jactaba de que la consistencia del licuado se asemejaba al concreto y que eso me motivaba a tomármelo pese a la amenaza de que se solidificara en mi garganta ahogándome de manera fulminante. –Te lavaron el coco. –Me dijo Aída… -Yo al menos tengo el consuelo de que nunca estuve de acuerdo con la faena del huevo en el licuado. –Y mientras Aída me decía eso, yo recordaba a mi madre haciendo ademanes de fortachón mientras me servía el licuado que se desprendía de la licuadora en espesos grumos… No cabe duda que desde niño soy altamente manipulable…

Y pensar que así como mis padres me trataron de nutrir con placebos y remedios caseros, miles de personas que van a gimnasios o se dejan persuadir por sus padres, siguen ingiriendo todo el colesterol del huevo, pero sin su preciada cantidad de proteína… Caray… De haber sabido… Al menos me queda el consuelo de que cada huevo que vertieron en la taza de la licuadora, iba cargado de amor, grandes expectativas y de sus mejores intenciones.

- el güey de junto -