martes, 29 de julio de 2008

¿Yo soy?

A punto de empezar la carrera de Arquitectura en Cuernavaca me mudé al departamento que tenían mis papás, el cual había sido prestado a mi tío Carlos quien lo habitaba con dos de sus hijos, su yerno y su nieto de año y medio de edad. Mi tío habitaba en una recámara junto con mi primo, mi prima su esposo y su hijo se quedaban en otra habitación y yo en otra; y de las tres recámaras del departamento, sólo la que compartían mi prima Dora, su esposo y mi sobrino tenía puerta.

Como todo estudiante de arquitectura promedio de dieciocho años, mi cuarto estaba plagado de toda clase de objetos frágiles o que por lo menos requerían cierto manejo que un niño de la edad de mi sobrino no podía dar, así que para contrarrestar su curiosidad natural por descubrir el mundo apoyado en sus primeros pasos, la entrada de mi cuarto estaba “sellada” con una pieza de triplay la cual tenía yo qué brincar cada vez que entraba o salía de mi cuarto.

Como era de esperarse, mi recámara se fue convirtiendo gradualmente en un lugar de deseo para mi sobrino, descubriendo que no hay nada más codiciado que lo que nos es prohibido. Por lo mismo nos vimos varias veces envueltos en la rutina de escuchar al pequeño Andor llorando unos minutos hasta que mi prima lo cargaba, entraba a mi cuarto y mientras le decía: “¿Ves? Aquí no hay nada que te guste. No hay juguetes” y le iba mostrando las cosas que estaban en la recámara.

En principio, hacer eso funcionaba hasta que finalmente la guitarra, un poster, mi regla “T” o alguna maqueta a medio fabricar le llamaban suficientemente la atención como para desatar otro berrinche al ver que se le negaba el contacto con aquellos objetos. Entonces mi prima decía: “Eso no es tuyo. Es de tu tío y se enoja si lo agarras”. Salía del cuarto, dejaba llorar a mi sobrino unos minutos más hasta que se dormía o se distraía con algo menos frágil.

Un sábado por la mañana, cuando me despertó el delicioso aroma a huevo con chorizo que cocinaba mi prima, abrí los ojos y lo primero que vi fueron las manitas de Andor agarradas del triplay que obstruía la entrada a mi recámara. Podía yo ver sus dos ojitos muy abiertos y su enmarañada cabellera rubia que se movía conforme el seguía haciendo esfuerzos por escalar aquella muralla que le llegaba a la altura de la nariz. En ese momento, aunque no podía verla, oí a mi prima verter salsa sobre el sartén al mismo tiempo en que decía: –No, Andor, te va a salir el “Uy”… -Y cuando decía “Uy”, prolongaba el monosílabo con cierto tono tenebroso como si se refiriera al mítico, ancestral y popular “Coco” con el que espantan a los niños. Mi prima seguía diciendo: –Andor, te va a salir el “Uy”… ¿Quieres que te salga el “Uy”? –Y mi sobrino titubeaba mientras me miraba a los ojos y luego volteando a ver (supongo) a su mamá…

Tal vez esa mirada y titubeo del pequeño niño, me hizo suponer de pronto que tal vez yo sería el tal “Uy”… Me levanté de la cama y Andor dio un par de pasos hacia atrás… Mi prima desde la cocina seguía tratando de amedrentar a mi sobrino con la inminente aparición del “Uy” y finalmente cuando me dispuse a salir del cuarto, Andor salió corriendo a abrazar a su mamá entre sus carcajadas de niño nervioso que se sabe inmerso en una travesura.

Brinqué la barricada de acceso a mi recámara y en dos pasos ya estaba yo entre el comedor y la cocina. Saludé a mi prima y ella devolvió el saludo preguntando: -¿Ya te fue a despertar Andor? -No, fue más bien el olor del desayuno… Así hasta da gusto despertarse. –Le contesté. Mi primo Oswaldo que había estado en la sala todo ese rato le dijo a Andor entre risas: -¿Ya viste? Ya salió el “Uy”… -Yo me reí y mi prima interrumpió aclarando que yo no era el “Uy” y que el “Uy” era una polilla grande de esas que parecen mariposas cafés y que un día había espantado a Andor y después entrado a mi cuarto, pero mi primo Oswaldo insistía riendo: -No te hagas, él es el “Uy”, ¿Verdad Andor?... –Andor reía y yo seguía pensando que independientemente de que mi prima en verdad se hubiera inspirado en la polilla para inventar al “Uy”, Andor me veía a mí como el “Uy”… Una escalofriante criatura de la que debía alejarse o atenerse a unas misteriosas consecuencias. Por cierto, jamás vi viva o muerta a aquella mítica polilla que supuestamente huyó a refugiarse a lo alto de mi armario…

Hoy, a ocho años de distancia cuando platico con mi primo Oswaldo llega a salir a la plática entre risas el tema de la identidad del “Uy” con el que asustaban a mi sobrino; y hasta la fecha ignoro si cuando mi prima hablaba del “Uy”, se refería a mí. Lo que sí se es que por ubicarme varios puntos por debajo de lo que podría considerarse un hombre apuesto, la idea de ser la mismísima encarnación del “Uy” no me parece para nada descabellada.

Pobre de mi sobrino… Aunque debe ser feo saber que cerca de tu casa vive el “Señor del costal” o que debajo de tu cama vive el Coco, debe ser mucho más horripilante saber que tu propio tío con quien viviste casi un año es el mismísimo escalofriante y terrorífico “Uy”.

- el güey de junto -

viernes, 18 de julio de 2008

Fiestas infantiles

Está de moda desde hace muchos años que cuando el primer hijo o hija cumple sus primeros años, los padres echan la casa por la ventana para armar un fiestón apoyados en toda clase de servicios que existen hoy en día para este tipo de ocasiones. Hay renta de inflables, de disfraces, de servicios de banquetes infantiles, de shows con superhéroes o heroínas de moda, musicales y la lista sigue…

Sin embargo algo curioso del asunto no es la variedad o lo costoso que pueden llegar a ser estos servicios, sino que muchas veces lo hacen pensando en darle un recuerdo a su hijo o hija que finalmente acabará olvidado en un mohoso rincón de su subconsciente.

¿Acaso un niño de dos años recuerda cuántos invitados hubo en su fiesta? Sin querer generalizar ni herir susceptibilidades (porque no falta el “contreras” que asegura acordarse hasta de su nacimiento y te dice a qué sabía el líquido amniótico), yo creo que no. A lo mucho podría recordar si fue feliz o no. Por lo tanto invertir doscientos, dos mil o veinte mil pesos en una fiesta que celebra la primera, segunda o tercera primavera de una criaturita, es a fin de cuentas lo mismo. O no… Más bien, cada uno es un caso diferente que si bien puede traer recuerdos gratificantes (como en las telenovelas) también puede ser la raíz de traumas que veinte años después lo privarán de cubrir esa vacante de trabajo donde le cerraron la puerta en la nariz después de que su examen psicológico delataba a un “Mr. Hyde” en potencia (como ocurre con frecuencia en la vida real)…

Quiero ejemplificar lo que les comento de una forma lo más palpable posible, así como también que para el éxito o efectos que puede tener una fiesta en un niño de esa edad, si la fiesta es austera o muy costosa es irrelevante:

Caso 1-A.
Imaginemos una fiesta modesta en casa para celebrar los dos años de Pánfilita. Sólo los papás, a lo mucho la abuela, un pastelito, y ochenta pesos para comprar 6 madejitas de estambre de colores. La familia ríe, satura la tarjeta de treinta y dos megas de su ahora obsoleta cámara digital unas siete veces y cuando ven las fotos todos recuerdan lo divertida que se veía Panfilita jugando con todos esos estambres de colores. Ella no come paste, sin embargo se entretiene mordiendo los estambres, la pata de la silla, el celular de papá y finalmente se queda dormida. El único sobresalto para Panfilita es que su mamá al arrebatarle un estambre rojo que casi se traga, le lastimó un dientito. Cuando pasan los años, Pánfila se convierte en toda una mujer, lleva una vida profesional, familiar, social y sexual muy sana y encuentra a un hombre que la respeta. Sin embargo, desarrolla una extraña fobia al estambre de color rojo.

Moraleja: No se requiere de una fiesta ostentosa para generar recuerdos felices en un niño de tan corta edad. Sin embargo, eventualmente Panfilita llegará a la horrible adolescencia y le reclamará a sus padres el no haber hecho algo más memorable en su honor.


Caso 1-B.
La misma fiesta de Panfilita, sólo que en lugar de la abuela, está el tío ebrio que sin querer tira el refresco sobre el pequeño pastel. Los papás se enojan con el borrachín, se gritan y Panfilita llora, porque aunque a Panfilita le vale madres el pastel, el refresco, el tío borracho, la Reforma Energética y la estadística de la multimentada Selección Nacional, percibe esos gritos, el enojo… No entiende los manoteos de sus papás ni el porqué se escucha tanto ruido después de ver que su papá y su tío se revuelcan en el suelo en un extraño abrazo. Cuando Pánfila crece y se recupera de su tercera intoxicación por exceso de cocaína debido a su depresión causada por el encierro de su padre que accidentalmente mató a su tío, se da cuenta que está embarazada. Seguramente eso afectará el “negocio”, pues pocos establecimientos contratarían a una bailarina exótica en estado tan delicado. Eso lleva a Pánfila a una depresión y termina tirándose de un paso peatonal.

Moraleja: No porque se carezca de presupuesto todo será miel sobre hojuelas. Eso sólo sucede en las telenovelas de Televisa.


Caso 2-A.
Imaginemos que Panfilita nace en el seno de una familia muy bien acomodada. Panfilita se alborota cuando ve el color rosa en sus decenas de juguetes, kilos de ropa y en la pantalla de plasma de alta definición de la estancia de la residencia donde vive, por lo tanto, papi y mami deciden hacerle una fiesta temática de “Rosita Fresita” en un reconocido salón de eventos que con todo y payasos, show de Rosita Fresita, buffet infantil y para adultos y otras sorpresas, terminarán pagando lo que un clasemediero pagaría por un auto compacto. Pánfila crece, se convierte en toda una mujer de mundo, se aumenta el busto, estudia “Modas” en Europa y tendrá una vida profesional, social y sexual sana. Sin embargo mucha gente le tiene envidia y no la ve con buenos ojos.

Moraleja: Las niñas ricas no siempre son malas personas… Aunque cueste verlo, tienen cualidades ajenas a lo que pueden pagar por verse mejor.


Casi 2-B.
La misma fiesta “nice” de Pánfilita en un salón de fiestas, sólo que su papá no pudo ir porque está de viaje de negocios (léase viviendo un amorío con su asistente personal en una playa del Caribe) y seguramente jamás verá las fotos de la fiesta, lo cual no será del todo malo, pues no sería gratificante ver fotos donde Panfilita llora desconsoladamente cuando los niños apalean una piñata de Rosita Fresita. Panfilita viste de color rosa igual que su piñata. Seguramente no puede evitar asociar la agresión de los niños hacia su heroína favorita, lo que le causa un trauma irreversible. Ella crece y se convierte en “Panfis” (porque tiene fama de golpear a los que le dicen secamente “Pánfila”). Ahora es toda una mujer que vive pensando que los hombres son una basura, lo que la motiva a vivir tortuosas relaciones cuyo único interés es maltratar y humillar a su pareja en turno. Con el paso de los años se da cuenta de lo vacía que es su vida y que ya no la puede llenar ni con el chorro de píldoras que paga en Euros. Frecuentemente tiene pesadillas de hombres pegándole con un palo de madera mientras la gente canta “Dale, dale, dale, no pierdas el tino”… No soporta la situación y termina suicidándose en la bañera de una lujosa suite.

Moraleja: … Bueno, esta era predecible y sí es como en las novelas. La típica niña fresa antipática con muchísima lana que acaba mal.


Si analizamos detalladamente estos cuatro relatos omitiendo las inconsistencias, la intención deliberada de manipular su resultado, los factores externos que pudo vivir Panfilita en su infancia, las frustraciones de su servidor por nunca tener una fiesta temática de los Thundercats y lo hilarante de este texto, descubriremos que pase lo que pase, inviertas lo que inviertas y del tamaño que hagas la fiesta para tus hijos, como quiera ni se va acordar y de todos modos puedes arruinarle la vida. Yo por eso criaré a mis hijos ocultándoles la navidad, desmintiendo fantasías absurdas, demeritando el valor de un aniversario y haciéndoles ver desde temprana edad que la vida no es justa.

¿Amargado yo? ¡Ja! ¡Es que no todo es color de rosa!

>> Grinch <<

martes, 15 de julio de 2008

Blasfemia automotriz

Algo que mi esposa y yo no compartimos es la pasión por los autos o las motocicletas, lo cual no me parece mal si partimos de la idea de que personas diferentes se complementan y que esos diferentes acervos que cada uno tiene, dan pie a horas de conversaciones cuando estamos juntos.

Con este antecedente, es de esperarse que mi esposa no distinga ciertos vehículos de otros “parecidos” o al menos así lo creía yo. Eso me parecía muy normal e incluso pensé también que seguramente muchas mujeres compartirían el mismo nivel de percepción automotriz que ella. Sin embargo, fue hasta el sábado anterior cuando tuve la certeza de la magnitud de su indiferencia hacia el mundo automotriz:

Al dar una vuelta en “U” en un transitado camellón del municipio de San Pedro Garza García, en Nuevo León, me detuve ante la luz roja junto con varios carros que ocupábamos los tres carriles de ese retorno. De repente como si hubiera visto “La piedad” de Miguel Ángel o a Hendrix en carne y hueso tocando “Purple Haze” en la banqueta, un hermoso Porsche Carrera 4S de color rojo me robó la atención súbitamente.

-¡Amor! ¡Mira! ¡Un Porsche Carrera! –Dije emocionado. -¿Cuál? ¿El de color negro que está junto a nosotros? –… Finalmente después de una pausa de unos segundos y tras la sensación de que alguien te acaba de arruinar una sorpresa le dije: -No amor, ese es un Cavalier…

-Me dolió que la reputación de tan hermosa obra de ingeniería fuera rebajada al nivel de un auto común y corriente, pero… ¿Qué le vamos a hacer si no distingue entre un deportivo de doscientos mil dólares y un auto de de ciento cincuenta mil pesos?...

Nada. Así es ella y así la quiero.

- el güey de junto -

lunes, 7 de julio de 2008

Naturaleza inexplicable

Durante algunas épocas de la niñez de mi esposa convivió con entornos naturales. Alguna vez la casa donde vivió tuvo una huerta y tuvo la experiencia de jugar entre pastizales, de criar patos y seguramente recibió a lo largo de su vida algunos piquetes de hormiga.

Lo que me llama mucho la atención es la secuela de una de estas vivencias y no me refiero a la huerta, a los pastizales ni a los patos. Me refiero específicamente a los piquetes de hormiga… ¿Qué por qué llama mucho mi atención? No tiene mucho que ver con el hecho de que un día repentinamente se volvió alérgica y que cuando le llegaba a picar una hormiga se le producía una aparatosa inflamación alrededor de la picadura, pues esa “reacción alérgica” no es nada del otro mundo.

Mi atención que también pudiera decirse que es curiosidad, va más de la mano con el hecho de que por un lado (el menos interesante) parece que poco a poco dejó de ser alérgica a los piquetes de hormiga. Ahora Aída no se aleja apresurada de los hormigueros temiendo una hinchazón del tamaño de un puñado de lentejas en algún tobillo, pues el incidente no pasaría del dolorcito característico que sentiría cualquier persona. Sin embargo, por otro lado, (el que me parece más interesante) Aída recibe picaduras de hormiga con una frecuencia mayor a la que recibiría una persona común y de manera hasta cierto punto “sospechosa”.

¿Cómo se explican que en una casa donde vive una pareja, sólo una persona recibe todos los piquetes de hormiga? Y no hablamos de un piquete cada mes… ¡Hablamos de mínimo tres o cuatro piquetes o más bien mordidas por semana!

Un día Aída está sentada leyendo y siente un dolor en un dedo del pie. Cuando revisa el área dolorida, se encuentra a una hormiga frenética cuyas fauces mantiene clavadas sobre su epidermis. Aída la aplasta con su dedo índice y después junto con el pulgar la convierte en una pelotita y la avienta hacia el suelo…

Otro día Aída está sentada frente a la mesa usando su computadora y siente un dolor en el brazo. Cuando revisa el área dolorida, se encuentra a una hormiga aferrada a devorar su brazo. Aída hace otra pelotita de hormiga…

Una noche Aída duerme plácidamente junto a mí… Suponiendo que se le puede llamar “plácidamente” a presenciar mi soberbio concierto de ronquidos. Finalmente lo que la despierta de repente no son mis ronquidos, sino un dolor agudo en la piel del abdomen. Aída todavía con los ojos cerrados pero lúcida, se toca con la mano, siente un pequeño objeto bajo sus dedos y al hacerlo pelotita entre su índice y su pulgar reconoce las proporciones de una hormiga…

Y así pasan los días desde hace varios meses. Yo sin recordar un piquete de hormiga en muchos meses y mi esposa recibiendo uno tras otro. –¡Pero yo no les hago nada! ¿Por qué se ensañan conmigo? –Me dice con molestia aunque con cierto aire de diversión por lo hilarante del asunto. –No se, pero como estás muy suavecita, si yo fuera hormiga también te trataría de morder a cada rato… -O a veces le digo jugando: “Es que hueles muy feo”… Pero en verdad aunque me extraña el asunto, no puedo darle una respuesta más seria porque simplemente no tengo idea.

¿Qué tendrá Aída que nos parece tan irresistible a las hormigas y a mí? ¿Acaso será su suave piel? ¿Será que es una mujer muy dulce? ¿Habré sido yo en mi otra vida una hormiga, o ella una galleta con chispas de chocolate?

¡Hormigas montoneras! ¡Con mis mordidas ya tiene suficiente!

- el güey de junto -

miércoles, 2 de julio de 2008

Cuarta exposición del Colectivo Contraluz...

Todos hemos leído algunos libros en nuestra vida... Al menos uno... Bueno, al menos todos hemos hojeado uno... O al menos detenido una puerta o nivelado un sillón con alguno... El punto es que el libro tiene un valor importante en nuestra cultura a pesar de que dicho valor va cambiando día con día.

Alguna vez fueron símbolo de poder. Quien controlaba los libros, controlaba el conocimiento. Después se convirtieron en distingos de clases privilegiadas y para nuestra fortuna se fueron popularizando hasta abarcar toda clase de nichos, usos y finalidades que podemos encontrar en la literatura de hoy en día.

¿Pero qué hay de los usos "alternativos"? ¿Cuántos no hemos además de leer, recostado nuestra cabeza con un libro? ¿Cuántos no corrimos a guarecernos hacia esa marquesina de aquella fachada de la calle tapándonos la cabeza con un libro?

Sin intención por demeritar al libro con la etiqueta de "comodín volumétrico", estos usos alternativos así como los tradicionales que se le dan al libro son el tema de la cuarta exposición fotográfica del Colectivo Contraluz de Monterrey. Se titula "Clic punto y aparte." y será montada en la Biblioteca Central del Estado Fray Servando Teresa de Mier, en la Macroplaza de la Sultana del Norte.

La inauguración tendrá lugar en la misma biblioteca el 18 de julio del presente año a las 18:30hrs.

¡Pasen la voz!



& Luchógrafo &

lunes, 30 de junio de 2008

Omisión

¿Es la omisión un mal necesario? ¿Qué hay detrás de la acción consciente de omitir información al rendir cuentas sobre los hechos? ¿Una omisión premeditada deambula en un éter ubicado entre la indiferencia y la mentira?

A lo largo de nuestra vida (o a lo ancho de las misma, si se es muy corpulento), nos vemos obligados a omitir explicaciones, detalles, comentarios y en casos con tintes más verduleros, incluso se llegan a omitir saludos. Cada una de estas omisiones traperas que se disfrazan de omisiones sin dolo, generalmente son maquinadas con un fin específico. Ya depende de la circunstancia si el fin es bueno o malo… Y digo eso porque aunque sabiendo que el bien y el mal son relativos, hay omisiones que a todas luces delatan la intención de salir bien librado de lo que coloquialmente llamamos “Una metida de pata”.

Recuerdo que cuando compré una máquina para cortar el cabello, le pedía a mi esposa que me cortara el cabello. Ella de manera honesta me dijo en un par de ocasiones que no sabía cortar cabello y yo le resté importancia al asunto, aludiendo en forma misógina al hecho de que ella debía tener en alguna parte de su código genético la información necesaria para adquirir esa habilidad con rapidez.

Terminó de cortarme el cabello por primera vez y lo que alcancé a ver con el espejo me gustó. Tenía tintes de un trabajo bien hecho y del mismo modo sucedió con las ocho ocasiones sucesivas en que me ayudó con el corte de cabello, sólo que la última vez hubo algo diferente: Cuando mi esposa terminó el corte, con un sincero gesto de felicidad infantil me dijo: “¡Ya no me quedó chistoso de atrás!” Yo sonreí instantáneamente en muestra de felicitación, pero de inmediato entendí que ese comentario equivalía a decir “Te has visto innecesariamente más chistoso de lo normal durante todos estos meses”...

Analizando el ejemplo, podemos suponer en forma forzada, ilógica e innatural que la omisión tuvo buenas intenciones, como por ejemplo, no mermar mi autoestima o mi seguridad por el resultado de un corte de cabello del cual tal y como se me advirtió, podía tener resultados desfavorables… O podemos suponer en forma racional, simple, clara y en base a la evidencia evolutiva de miles de años sobre el comportamiento del hombre, que la omisión tuvo la intención de enmascarar hechos que no favorecen al que le omitieron información privilegiada o que perjudican al afectado u ofendido… ¡Qué va! ¡Ofendidísimo!... Porque de haber sabido del grado de jocosidad que había tomado mi cuero cabelludo de detrás de la cabeza, pude haber pagado una “compostura” con algún peluquero o estilista o bien pude haber decidido adelantar mi moda de invierno al verano y haber usado gorro de estambre bajo el sol y los cuarenta grados centígrados característicos de la época en esta ciudad… Incluso pude no haber hecho nada y seguir así por la vida, pero hubiera sido mía la decisión.

En lugar de decidir en base a los hechos y precisamente por esa omisión, permanecí inerte ante las risas aparentemente inexplicables y las murmuraciones a mis espaldas… Fui caminando por el mundo con una falsa seguridad que contrastaba hilarantemente con mi peinado… ¿Fue justo? ¿La omisión fue dolosa? ¿Hubo mala intención de por medio? ¿Sí? ¿No? ¿O me van a decir que fue una simple omisión?

Ojo por ojo… Omisión por omisión… Me toca pintarle el cabello…

- el güey de junto -

viernes, 27 de junio de 2008

Filosofía

En la preparatoria me tocó cursar la materia de Filosofía que era impartida por una maestra muy peculiar. Tendría tal vez entre sesenta y setenta años y era alta, de cabello muy corto y blanco por las canas, con una nariz pequeña que era enmarcada por unos grandes lentes redondos de cristales bastante gruesos. Dueña de un par de decenas de kilos de más y con una voz de abuelita dulce como de cuentos de hadas.

La maestra nos hablaba de Kant, de Marx, de Engels, sobre el devenir, la dialéctica y el linaje filosófico que Sócrates enseñó a Platón, Platón a Aristóteles y este último a Alejandro Magno, de los pajaritos de su vecina, de su esposo, de sus nietos y de su excelsa receta de enchiladas caseras. Todo aquello envuelto en una serie de infantiles onomatopeyas que nos soltaban risas o carcajadas cuando la onomatopeya era acompañada de gesticulaciones y pantomima. Algo curioso que también tenía es que cuando la maestra regañaba a alguien y esa persona argumentaba excusas, la maestra apuntándole con el dedo inquiría en voz alta: "¡SOFISTA!", lo que equivalía a un "Jaque mate" de ajedrez.

Cierto día mientras la maestra calificaba los trabajos de varios compañeros que hacían fila a un lado de su escritorio, había un bullicio anormal en el salón ya que generalmente se respiraba cierto aire de disciplina y respeto en esa clase de Filosofía. Yo, por alguna estúpida razón, pensé que el bullicio era suficientemente alto como para poder hablar con mi típico florido lenguaje en un volumen de voz considerable… “¡No! ¡Ni madres!” Dije. En eso, como si se hubieran puesto de acuerdo, un silencio se hizo presente, hasta que fue roto por la maestra que en repetidas ocasiones se declaró en contra del lenguaje soez: -¿Quién dijo eso? –Yo todavía no había entendido que preguntaba dirigiéndose a lo que yo había dicho… -Contéstenme… ¿Quién dijo eso? –No te hagas güey, tú fuiste… -Me dijo mi compañero de atrás y entonces todo me quedó claro.

Tímidamente levanté la mano, mostré un gesto auténtico de pena y con un hilito de voz alcancé a decir “yo”. –¡Pase para adelante! –Dijo la maestra con seriedad, pero con ademanes exagerados, como si regañara a un niño de cuatro años. Cuando llegué al frente, la maestra ya había puesto al frente del pizarrón una silla. Yo llegué, me paré junto a la silla y me disponía a sentarme cuando la maestra entre empujones me dijo: “¡Shu! ¡Shu! ¡Shu! ¡Shu! ¡Fuera! ¡Esta es mía!”, ahora usando un tono de voz como le hablaría una viejecita a las palomas que comen migajas en el parque. La maestra se sentó en la silla, me volteó a ver a los ojos con una mirada que tenía algo de cómica y algo de inquisidora y con sus manos se palmeó las piernas, cosa que yo interpreté como “Siéntate en mis piernas”. Puse mi mano izquierda en su hombro y me acomodé para sentarme en sus piernas cuando de nuevo los “¡Shu! ¡Shu!” y los empujones me hicieron ponerme de pie. –¡No lo estoy invitando a sentarse! ¡Déme sus manos! -Yo, confundido, le di mis dos manos y ella con la fuerza de una mujer de su tamaño me jaló hacia ella haciéndome perder el balance para terminar cayendo de panza sobre sus piernas…

Levantó su mano amenazadora ante la vista atónita de todos mis compañeros. Parecería que iba a rendir juramento a la bandera, pero en lugar de eso, con un movimiento rápido y fulminante estampó su mano sobre mi trasero emitiendo un fuerte sonido. Yo en mi postura no vi venir la nalgada, por lo que sólo al sentir el golpe abrí más los ojos tratando de entender lo que estaba pasando.

Me soltó las manos, me levanté y vi su expresión de enojo infantil, nuevamente exagerando su gesto con tintes de berrinche de niño. Sin embargo el mensaje era muy claro: “NO VUELVAS A DECIR GROSERÍAS EN MI CLASE”. No lo dijo con palabras, pero se me grabó en la piel de una forma más contundente que el rojizo tono que había tomado mi rostro.

Las carcajadas que iniciaron mis compañeros cuando me dijo “¡Shu! ¡Shu!” las primeras veces, cesaron de golpe al escuchar el impacto de la piel de su palma contra la tela de mis pantalones. Aunque era una situación risible por donde se le viera, el contexto de mi orgullo adolescente arrastrado por los suelos fue suficientemente marcado como para que todo tomara tintes fúnebres… Ahí va la dignidad de nuestro compañero… Que en paz descanse…

- el güey de junto -

miércoles, 25 de junio de 2008

Sacando provecho

A mis quince años, durante mi prematura exploración de la libertad, mi departamento era conocido como la guarida por excelencia. Bueno, más bien era el departamento de mis papás y aunque si bien es cierto que los convencí (todavía no se cómo) de que me dejaran vivir en él, todavía era económicamente dependiente de ellos. Al menos en poco menos de la mitad de mis gastos personales.

“Mi depa”, como lo llamábamos los amigos que nos frecuentábamos, presenció innumerables muestras de desarrollo precoz. Amigos de doce años que fumaban y tomaban por primera vez, amigos de quince que vomitaban por primera vez, amigos de diecisiete que con mi permiso rayaban con pintura en aerosol los muros de mi recámara y un recuerdo de mí, cantando y tocando la guitarra mientras estaba parado sobre una silla del comedor.

Obviamente el resultado de esas y otras pueriles manifestaciones de libertinaje dejaban estragos materiales en mi casa, como por ejemplo unas maderas de la base de mi cama rotas por la media docena de adolescentes aventándose a aplastar al que se quedaba dormido, algunas repisas de mi recámara vencidas por un recargón impertinente, el piso pegajoso por la mezcla de Kool-Aid de uva más Ron derramado, el excusado salpicado de… Bueno, de todo lo que suele salpicar un retrete de cantina y varios etcéteras nada agradables de limpiar.

De todas las fiestas que sucedieron en el departamento de mis papás, puedo jactarme (aunque hoy no lo digo orgulloso como antes…) de que sólo una vez tuve qué limpiar con mis propias manos. El resto de las veces usé ciertas artimañas bajas y ruines que me ahorraron ampollas por tallar pisos, dolor de espalda por barrer corcholatas bajo los sillones y trapear el baño…

Esperaba hasta que el sol de los domingos estuviera en su cenit para asomarme desde la ventana de la sala y buscar a Claudia y a su inseparable amiga. Cuando veía a alguna de las dos, bajaba y les hacía plática y les ponía atención mientras no dejaba de mostrar mi mejor sonrisa. Ellas no eran particularmente bonitas o populares entre los adolescentes de la colonia, así que correspondían de buena gana mi plática. Después de hablar varios minutos con ellas, discreta pero premeditadamente les dejaba ver lo atareado que estaba por tener qué limpiar mi departamento, inventaba o exageraba un dolor de cabeza y apelaba a su compasión.

Treinta minutos después, la amiga de claudia vertía detergente sobre una cubeta con agua y revolvía con el trapeador mientras Claudia tomaba el cepillo y lo sumergía en cloro antes de tallar el excusado. Para esos momentos yo me sentaba en mi recámara para clasificar papeles (entiéndase leer mis revistas “Guitar World”). Así ellas lavaban y yo leía. Ellas trapeaban y yo seguía leyendo. Ellas sacudían y yo me aburría de leer, así que exageraba todavía más mi dolor de cabeza e inventaba una imperiosa necesidad por dormir para calmar el dolor de cabeza. Me acostaba mientras era arrullado por el sonido de las cerdas de los cepillos que tallaban rítmicamente el lavamanos y los azulejos de la barra de la cocina…

Mi manipuladora mente llevaba la cuenta de las tareas pendientes por hacer. Cada pausa entre los rítmicos sonidos de la limpieza, cada vez que escuchaba las pisadas de sus tenis moviéndose a otras partes del departamento y cada vez que escuchaba desde dentro de la cubeta el agua cayendo desde el trapeador siendo exprimido por las joviales manos de Claudia, me daba una idea de qué tarea iba siendo concluida. Al final me levantaba de la cama, fingía ocuparme clasificando papeles y me aparecía en la sala que es donde usualmente terminaban la faena de limpieza. Yo les daba las gracias, les invitaba un refresco de los que habían sobrado de la fiesta de anoche y platicaba otros minutos con ellas.

Pocas veces omitieron lavar algo que hubieran quedado sucio. Incluso no me viene a la memoria algún domingo post-fiesta sin que hubiera visto a Claudia o a su amiga afuera del edificio treinta y uno y me hubieran ayudado a salir de una situación que me hubiera tomado tres días hacer por mi cuenta.

A once años de distancia no puedo hacer más que agradecerles su paciencia, su solidaridad, su tolerancia a los fuertes aromas de un lugar que no se limpiaba muy seguido y sobre todo a esas ganas de ayudar aún sabiendo (seguramente lo sabían) que tomaba ventaja de la situación de una manera evidente.

- el güey de junto -

lunes, 23 de junio de 2008

Futuro

Colonia Norestense MX-067170, Distrito B6
Año 2366 D.C.
8:00hrs

Despierto bajo el imperceptible influjo de las ondas Gamma que dan suave y gentil terminación a mi sueño, el cual por cierto no fue tan agradable como lo que me prometieron en la agencia. Tal vez habría sido mejor elegir el perfil de “Piloto profesional de Aerofórmula X1”, que el de “Integrante de una banda masiva de música sub-hiperbólica”. Seguramente que me hubiera divertido más y habría compensado la sensación de culpa que siento por haber suspendido mi programa hipnótico de aprendizaje de Neoasiático. Bueno, no precisamente culpa… Después de todo, no es más que un estúpido requisito que me imponen en mi trabajo por tener un cliente que maneja sus relaciones industriales en ese idioma.

Después de pasar por la cabina de esterilización de mi dormitorio y aceptar la combinación de prendas y accesorios que me propone mi dispositivo vestidor cuatrocientos once, me dispongo a abordar la cápsula de la empresa que exactamente en cuatro minutos con cincuenta y cinco segundos me llevará a mi oficina. Esta vez viajaré sin ver la publicidad de la pantalla y me concentraré como pocas veces en la vista real. Tal vez es porque me siento melancólico.

Cinco minutos después, se abre un extremo de la membrana que cubre la cápsula de un modo en que recordaría un diafragma de esos artículos arcaicos llamados lentes fotográficos y me abre paso a la silla de mi espacio orgánico de trabajo. En cuanto toco la silla, una serie de movimientos suaves deslizan la silla, mi archivo digital, mi pantalla holográfica y mis dispositivos de navegación virtual en forma estratégica para optimizar mis movimientos.

Inicio mi sesión de trabajo y después de siete minutos de actividades, aparece un pequeño aviso holográfico que dice que hay un mensaje clasificación “G” por verificar. Suspiro con ligero aire de molestia pensando cuánto tiempo me tomará leer ese mensaje que por ser clasificación “G”, el tiempo que me tome leerlo me será descontado de mi nómina, por tratarse de un mensaje personal.

Mi dedo índice atraviesa el mosaico de luz que proyecta la palabra “Aceptar” y de inmediato un pequeño cronómetro se muestra en un tercer holograma que emerge cerca del área donde tengo el álbum fotográfico virtual. El mensaje viene remitido por parte del Supremo Ministro de protocolos Cyber-humanos. Qué raro. ¿Porqué un mensaje del Ministro? Al abrirlo e iniciar a escuchar el mensaje que es narrado por una solemne voz andrógina, me sorprende escuchar la iniciativa de sanción que pretenden aplicarme por uso irracional de recursos limitados. Además tengo una llamada de atención por ejercer violencia verbal contra mi viejo seiscientos nueve… Suspiro nuevamente.

Hago memoria y ahora recuerdo el incidente. Hoy a la hora de desayunar, terminé mi platillo y solicité otro igual. Mi viejo seiscientos nueve me dijo que no debía preparar dos veces en el mismo día un platillo basado en proteína de alga y pigmentos de tercera luna, ya que iba en contra del Protocolo de Gestión Organizada de Suministros que raciona los alimentos que se consideran “exóticos” por no ser de fuente renovable. Recuerdo que dije exasperado “¡No es asunto tuyo! ¡Ocúpate de preparar lo que te pedí!”. Por supuesto que me refería a comer una doble ración hoy y no comer la correspondiente al día de mañana para compensarlo. Claro que hablaba de eso, sí, no hay duda. Sólo olvidé aclararlo…

¿O no lo olvidé y en realidad lo omití intencionalmente? ¡En qué estaba pensando! Seguramente el diagnóstico cardio-respiratorio ante el Ministro delatará que mi omisión fue dolosa… Y no puedo pagar tantos créditos como multa... ¿Por qué no pude contenerme? ¡Tendré que prescindir de muchas características y configuraciones avanzadas de mi hogar! Tendré que renunciar a las comodidades. No más inducción de perfiles en mis sueños. No más comida exótica. De nuevo a comer fórmulas procesadas basadas en proteína de trigo… No debí actuar de esa manera tan primitiva…

Por otro lado, la vida no debería ser así, tan estricta. Es alto el precio de la eficiencia… De vivir en un mundo de equilibrio perfecto y recursos escasos. Es lo que nos tocó por vivir en la era cúspide de la humanidad.

- el güey de junto -

jueves, 19 de junio de 2008

No robarás...

Aprovechando el fresco contexto de la crónica sobre el deportivo rojo de control remoto, retomo tiempo y espacio. Mismo año, misma ruta de regreso a casa...

Habituado a mis largas caminatas de regreso a casa desde la Secundaria, me fui volviendo experto en distractores y en evasión de sucesos indeseables en el camino. Me distraía no pisando las líneas que se formaban por las juntas del concreto de la banqueta o de la calle e incluso brincaba las trayectorias imaginarias que tendrían algunas líneas si no remataran en otras. También me distraía detectando las minúsculas franjas de sombra de quince centímetros de ancho que quedaban en el piso después de escurrir por algunos muros y que me obligaban a caminar de lado si quería aprovechar ocho segundos de sombra.

Como sucesos indeseables podría mencionar a los perros que por el simple hecho de estar acostados o dormidos sobre la banqueta, me hacían rodear la cuadra completa o esperar a que más gente pasara por ahí para tener esa sensación de seguridad que me faltaba para no concentrarme en el dichoso perro. También las esquinas en donde algunos vagos te pedían dinero “pal taco” eran estratégicamente evitadas de mi ruta diaria.

Un puesto de periódicos de la colonia Otilio Montaño era una de mis paradas obligadas. Me pasaba unos cinco minutos viendo las portadas de revistas exhibidas y otros cinco minutos analizando e imaginando el contenido de la revista “Club Nintendo” de la cual fui lector aferrado durante varios años y que ese mes en particular mi mamá no me podría comprar, pues las vacas estaban anormalmente flacas.

Me disponía a seguir con la caminata, cuando una estupidez pasó por mi mente: Ya que la Club Nintendo estaba exhibida junto con otras revistas sobre las ventanas del puesto que abrían hacia fuera, la señora que atendía el puesto no tenía visibilidad hacia mí o hacia la revista. No sería difícil tomarla, esconderla, salir de ahí con naturalidad y quedarme con la revista. El problema es que una cosa era robar dulces del minisuper con mis primos en la ciudad de México y otra muy diferente, robar una revista que costaba mucho más y estando yo solo. Bueno, no era diferente en cuanto a principio. Ambos escenarios eran igual de reprobables, sin embargo el segundo me parecía mucho más difícil y me traía más cargos de culpa.

Me tardé diez minutos en agarrar valor para tomar esa revista. Voltee hacia ambos lados de cada calle del crucero donde se encontraba el puesto de periódicos unas treinta veces como mínimo. Cuando veía a una persona que se acercaba, sentía el alivio de tener un pretexto para no robar en ese momento, pero cuando la persona pasaba de largo, no era capaz de tomarla. Finalmente di un gran respiro, la tomé y la metí bajo mi camisa del uniforme.

Salí caminando de ahí, pero no en la dirección hacia donde estaba mi casa, sino hacia la izquierda con la intención de rodear la manzana y despistar mi ruta. Cuando di vuelta en la siguiente esquina, saqué la revista de debajo de mi camisa, la guardé rápidamente entre mis libros dentro de la mochila, me la volví a colgar y seguí caminando. Finalmente terminé el rodeo de la cuadra y volví a salir a la calle que era parte de mi ruta original en un punto en el que el puesto de periódicos se veía lejano y apacible. Seguí caminando confiado hasta que un niño en bicicleta me habló: -Oye, te habla una señora… -¿Mi mamá? –Pregunté confundido. –No se, es una señora que me dijo que te hablara. Ahí viene… -Me quedé helado cuando vi que a lo lejos venía la señora que atendía le puesto de periódicos. Sólo veía que levantaba una mano como si estuviera haciendo la parada a un camión y escuchaba el estruendo de sus chanclas golpeando y arrastrando contra el ardiente concreto. También alcanzaba a oír que decía algo que no lograba entender.

No me pude mover. Me pareció eterno el tiempo en que la señora se acercó lo suficiente como para ver los hilos de sudor que le enmarcaban la cara, su frente roja y brillante y para entender que efectivamente me llamaba a mí: -¡Chavo! Dice la señora de la paletería de enfrente que te robastes una revista. –Yo sólo pude decir “No” de una forma tan débil y titubeante que más bien sonó a “Sí”, mientras recordaba la paletería que estaba en contraesquina del puesto. –¡Abre la mochila! –Me exigió la señora. Yo sin saber qué hacer la abrí y lo primero que resaltó a la vista era el logotipo de Club Nintendo que sobresalía ostentosamente entre mi libro de “Matemáticas II” y el de “Morelos, espacio y tiempo”. -¿Ya vistes? ¡Cómo me dices que no, si la estoy viendo! –Le dí la revista con la mano temblorosa –¡Le voy a decir a mi hijo que te madrié para que se te quite! –En cuando le di la revista, me puse la mochila y salí caminando rápidamente. Recuerdo bien que no corrí.

La vergüenza que me invadió en los segundos siguientes fue inmensa. Recordaba la mirada atónita del niño de la bicicleta que me había dicho que me hablaba una señora, así como la mirada fúrica de la señora que con toda la razón del mundo me había puesto como chancla. Lo bueno del asunto es que fue tal mi escarmiento que esa fue la última vez que tomé algo que no fuera mío y con intenciones de robo.

Desde ese día, tuve que rodear otras seis cuadras para no pasar cerca del puesto de periódicos. Al menos hasta el siguiente año en el que me regresaría con un vecino recién ingresado a la Secundaria y que su papá iba a recoger.

He aquí otra más desde el baúl de mis vergüenzas personales.

- el güey de junto -